lunes, 24 de noviembre de 2025
Mayra Mejía, Prensa Mindeporte
Popayán, 24 de noviembre de 2025. El golpe seco del hacha partiendo la madera se impuso entre el bullicio de los I Juegos de la Agenda Nacional Campesina. Entre competidores y espectadores, un nombre empezó a llamar la atención: Ólivar Villaquirán, representante de la Mesa de Derechos Humanos Suroccidente - delegación Fedeanuc, residente en el corregimiento de Piagua, municipio de El Tambo, Cauca. A sus 52 años, llegó con la serenidad de quien carga una vida entre troncos, montes y caminos de selva.
Ólivar nació en la bota caucana, ese territorio profundo donde convergen el Huila, el Putumayo y el Cauca. Creció en medio de selvas vírgenes, en una tierra donde -como él mismo recuerda- "el que más tumbara árboles era dueño de la tierra". Allí aprendió el oficio desde muy niño, a los ocho años ya cogía el hacha, y a los 15 se consideraba un hachero profesional, formado por su padre y su abuelo en la antigua tradición de cortar madera a puro pulso.
En la competencia de rajaleña, Ólivar se movió con la calma de los que saben leer la madera; mientras algunos competidores se apresuraban, él se tomó unos segundos para observar el tronco, medirlo, analizarlo. Cuando le dijeron que debía apurarse porque era por tiempo, respondió con firmeza: "Las cosas hay que hacerlas bien hechas".
Esa pausa calculada tuvo su recompensa. La primera ronda la completó en 43 segundos, y en la segunda dejó sorprendido a todos: partió el tronco en cuatro pedazos en apenas 26 segundos, un registro que superó sus propias marcas y que, según admite, no había logrado ni siquiera en otras competencias donde había sido sobresaliente.
El secreto, para él, está en entender la rabia del palo, con ese nombre se refiere a la grieta natural de la madera, la vena por donde absorbe el agua y por donde cede con mayor facilidad. "Hay que conocerles la rabia a los palos", explica. Esa lectura, esa intuición, es la que permite golpear en el punto exacto y abrir el tronco casi sin resistencia. Es técnica pura, pero también memoria del monte.
Aunque hoy trabaja en construcción y como aserrador, Ólivar nunca ha dejado del todo el hacha. La usa de vez en cuando, la respeta y la mantiene como símbolo del oficio que lo formó. La llegada de la motosierra cambió el trabajo, sí, pero nunca borró lo aprendido en la selva.
Cuando terminó su participación, levantó la mirada con orgullo. "Me siento dichoso", dijo. Llegó decidido a competir y se fue con el premio. Ahora ya piensa en lo que viene: "Si me propongo, puedo hacerlo en menos tiempo en la próxima".
Más que una medalla, su hazaña dejó un testimonio: el de un oficio que resiste, de una tradición que aún late y de un hombre que convirtió su vida entre maderos en una demostración de destreza.
Ólivar Villaquirán no solo cortó un tronco; recordó, en 26 segundos, toda una historia nacida en la bota caucana y moldeada a golpe de hacha.


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